
El minimalismo como estilo de vida tiene raíces profundas que se remontan a la antigüedad clásica. Diógenes de Sínope (412-323 a.C.), filósofo de la corriente cínica, representa uno de los primeros hitos al promulgar la independencia de las necesidades materiales y los ideales de privación. Diógenes vivía con escasas posesiones —un bastón, un manto y un zurrón— y defendía que la virtud es el soberano bien, invitando al sabio a liberarse de sus deseos para reducir al mínimo sus necesidades. Esta idea de que la felicidad no reside en las posesiones materiales sentó las bases de la autosuficiencia que define al movimiento moderno.
En el siglo XIX, el minimalismo intelectual encontró un nuevo referente en la simplicidad voluntaria. Un hito fundamental fue la publicación de la obra «Walden» (1854) de Henry David Thoreau, quien abogó por una vida sencilla y una conexión íntima con la naturaleza como medio para alcanzar la verdadera riqueza espiritual. Thoreau exploró la idea de despojarse de lo superficial para descubrir la esencia de la existencia, influyendo en la noción contemporánea de que poseer menos permite vivir de forma más intencional y consciente.
El término formal «minimalismo» surgió en el ámbito del arte y la arquitectura en Estados Unidos a principios de los años 60, como una reacción contra el expresionismo abstracto. Influenciado por la filosofía Zen japonesa, que entiende la simplicidad como una vía hacia la libertad interior, el arquitecto Mies van der Rohe popularizó la famosa premisa «menos es más». En esta etapa, artistas como Donald Judd y Frank Stella enfatizaron el uso de materiales industriales y formas geométricas puras, despojando a la obra de simbolismos recargados para centrarse en lo esencial.

Hacia finales del siglo XX y principios del XXI, el minimalismo trascendió la estética para consolidarse como un estilo de vida global contra el consumismo. Un hito clave fue la popularización del método KonMari de Marie Kondo a través de su libro «La magia del orden» (2011), que introdujo la idea de conservar solo aquello que «despierta alegría». Simultáneamente, exponentes como Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus (conocidos como «The Minimalists») impulsaron la filosofía de vivir con menos para ganar en libertad, tiempo y propósito, transformando el minimalismo en una herramienta de gestión emocional y financiera.
En la actualidad, el movimiento se ha diversificado en vertientes especializadas como el minimalismo digital, término popularizado por Cal Newport. Esta filosofía aboga por el uso consciente y deliberado de la tecnología para recuperar la atención y evitar la «atención fragmentada» causada por las notificaciones constantes. Otros referentes contemporáneos incluyen a líderes como Steve Jobs, quien aplicó la simplicidad tanto en su vestuario como en el diseño funcional de sus productos, y figuras como Keanu Reeves, reconocido por su estilo de vida discreto y alejado de los excesos típicos de la fama.
Finalmente, el minimalismo se posiciona hoy como un pilar de la sostenibilidad y el bienestar mental. Al reducir el consumo innecesario, se disminuye el impacto ambiental y se fomenta la producción ética. Desde una perspectiva científica, se ha documentado que vivir en entornos despejados puede reducir los niveles de cortisol hasta en un 67%, mejorando la claridad mental y disminuyendo la fatiga por decisiones.
Este estilo de vida invita a redescubrir que la verdadera plenitud surge de las conexiones significativas y las experiencias, no de la acumulación de objetos.
Sergio Quiroga Morla
01-02-26