Vivir con la sensación de que la vida carece de sentido es una experiencia más común de lo que solemos admitir. No siempre aparece como una gran crisis existencial; a veces se manifiesta de forma silenciosa, como una rutina que se repite, una motivación que se apaga o una pregunta persistente que no encuentra respuesta: “¿Para qué todo esto?”..

Desde la filosofía, esta vivencia ha sido nombrada y explorada una y otra vez. Los estoicos ya advertían que cuando la vida se reduce a la persecución de lo externo —éxito, reconocimiento, control— el vacío aparece inevitablemente. Para ellos, el sentido no se encontraba en lo que sucede, sino en la actitud interior con la que respondemos a lo que sucede. Más tarde, filósofos existencialistas como Kierkegaard, Nietzsche o Camus reconocieron con honestidad radical que el ser humano se enfrenta a un mundo que no ofrece un significado dado. Pero lejos de ser una condena, esto abre una posibilidad profunda: el sentido no se descubre como un objeto perdido, se construye desde la responsabilidad y la elección consciente.

Las sabidurías ancestrales abordan este mismo malestar desde otro ángulo. En el budismo, la sensación de vacío y falta de propósito se vincula al apego a una identidad rígida: la idea de que yo debería ser algo, haber llegado a algún lugar. Cuando la realidad no coincide con esa narrativa, surge el sufrimiento. El taoísmo, por su parte, invita a soltar la obsesión por el propósito grandioso y a reconciliarnos con el fluir natural de la vida. A veces, el sinsentido aparece no porque la vida esté vacía, sino porque intentamos forzarle un significado que no le corresponde.

Desde la psicología, especialmente la psicología existencial y humanista, esta vivencia se entiende como una señal, no como un fallo. Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, observó que el ser humano puede soportar casi cualquier “cómo” si encuentra un “para qué”. Pero también fue claro en algo esencial: el sentido no es universal ni permanente; cambia con las etapas, las pérdidas y las transformaciones. Sentir que la vida ha perdido sentido suele indicar que los valores antiguos ya no sirven, pero los nuevos aún no han emergido.

Es importante comprender que no sentir sentido no significa estar roto. Muchas personas interpretan esta experiencia como un síntoma de fracaso personal o debilidad emocional, cuando en realidad suele ser una fase de transición. Psicológicamente, el vacío aparece cuando la identidad se resquebraja: cuando lo que antes nos definía (un rol, una relación, un proyecto) deja de hacerlo. Ese espacio incómodo es también un terreno fértil, aunque al inicio se perciba como oscuridad.

Quizá uno de los errores más frecuentes es buscar el sentido como si fuera una meta final, algo que se alcanza y ya no se pierde. Tanto la filosofía como las tradiciones espirituales coinciden en lo contrario: el sentido es relacional y dinámico. Se revela en el vínculo, en el cuidado, en el compromiso con algo que nos trasciende, incluso en el dolor cuando es mirado con honestidad y presencia.

Vivir sintiendo falta de sentido puede ser, paradójicamente, una invitación a vivir de forma más auténtica. A dejar de repetir respuestas heredadas y empezar a formular preguntas propias. No siempre se trata de encontrar una gran misión vital; a veces el sentido se reconstruye en lo pequeño: en un gesto de coherencia, en un acto de cuidado, en una verdad interior que por fin se escucha.

Tal vez el sentido no sea algo que la vida nos deba, sino algo que emerge cuando dejamos de huir del vacío y nos atrevemos a habitarlo con consciencia. Allí, donde parece no haber nada, suele comenzar lo esencial.

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